Experiencias en la cima de una montaña

Reflexión en Español de Evangelio del Domingo 28 de Febrero

Monseñor Gregory Parkes

 

Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: ‘Éste es mi Hijo amado; escúchenlo’

– Marcos 9,7

 

“Qué bueno es estar aquí”. He oído decir esto a los que van a un retiro e incluso yo mismo lo he dicho. Hasta los obispos nos vamos de retiro cada año para poder centrarnos y crecer en nuestra relación con nuestro Señor. Las experiencias en los retiros pueden ser emotivas y profundas. A veces nos referimos a ellas como “sentirnos en lo alto de un monte”. Hay montes en los que puedes ver más de cien millas de distancia en un día claro. Tienes una visión clara de todo y puede ser una experiencia impresionante e incluso transformadora al ver la belleza de la naturaleza y la creación de Dios.


En el Evangelio según san Marcos de este fin de semana leemos que Jesús llevó a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto. Estaban los cuatro solos en un pequeño retiro o una escapada, por así decirlo. Al llegar a lo alto del monte la ropa de Jesús se vuelve de repente en un blanco deslumbrante. Aparecen Elías y Moisés y una voz desde las nubes proclama: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”. En un instante todo eso desaparece y vuelven a quedar solamente ellos cuatro.


¿Qué significa esto para nosotros? Subir a lo alto de un monte requiere esfuerzo y sacrificio. No es fácil, pero una vez que llegas es una gran experiencia. Puede que descubras más de ti mismo y de los demás durante tu escala. En lo alto del monte, del cual nos habla el Evangelio de hoy, Pedro, Santiago y Juan vislumbran la gloria de Jesús. A través de esta experiencia también ellos fueron transformados, no en un sentido físico como Jesús, sino en un sentido espiritual. Con el tiempo llegarían a saber que, después de todo el sufrimiento y la muerte que Jesús iba a soportar y de los que ellos serían testigos, se encuentra la gloria.


Esto es una realidad también para nosotros. No hay duda de que, a lo largo de nuestro caminar por la vida, experimentaremos desafíos, sufrimientos y un día la muerte. Sin embargo, más allá de todo eso, también estamos llamados a la gloria: la gloria del cielo. Por eso nunca perdamos la esperanza en medio de las pruebas de nuestra vida. Soportémoslas con valor y confiemos en que un día estaremos con Jesús por toda la eternidad en la gloria.