Reflexión en Español de Evangelio del Domingo 26 de Abril | Diácono Paco Martinez-Pacini

“Queridos hermanos, hoy 26 de Abril de 2020, celebramos el Tercer Domingo de Pascua y leemos del Salmo 15, ‘Señor, me enseñarás el sendero de la vida’ y del Evangelio según San Lucas. En el Evangelio San Juan nos cuenta que dos discípulos iban a Emaús y se les unió Jesús resucitado, pero ellos no le reconocieron hasta la hora de la cena cuando partió el pan.

      La historia de los discípulos que dejan Jerusalén y se vuelven a sus casas es nuestra historia. Emaús ha sido en algún momento de nuestras vidas el destino de nuestros pasos. ¿Quién no ha sentido que ha fracasado en su vida? ¿Quién no ha tenido la tentación de dejarlo todo y de buscar otros caminos? En algún modo en ese camino nos hemos encontrado con el Señor, hemos sentido que nuestro corazón ardía con su Palabra y le hemos terminado reconociendo al partir el pan. Y hemos vuelto a Jerusalén. 

Cada uno podría contar su propia experiencia. Todos hemos experimentado el desamor, el egoísmo, incluso la traición. Con mucho dolor hemos pensado que lo mejor era abandonar, retirarnos, dejarlo todo. Nos hemos dicho: “¡Qué luchen los otros, yo ya he tenido bastante!” Pero también podemos contar cómo en ese mismo camino del abandono, del dejarlo todo, nos hemos encontrado con la fuerza que nos ha invitado a empezar de nuevo, a volver a Jerusalén y creer que, con la ayuda del Señor, todo es posible.

      El camino de Jerusalén a Emaús y de Emaús a Jerusalén es, pues, nuestro mismo camino. Pero hay algunos elementos en este relato que nos pueden ayudar a reconocer mejor a Jesús. Primero, hay que estar atentos a los caminantes desconocidos. En ellos, puede estar presente el Señor. De ellos nos puede llegar la Palabra que ilumine nuestro corazón, que lo haga arder con nueva ilusión. 

      Segundo, la Eucaristía es el momento privilegiado para reconocer al Señor y descubrir el sentido de nuestra vida como cristianos. En torno al altar nos sabemos hermanos que compartimos el mismo pan.

      Y, tercero, no hay que tener miedo en compartir con los demás nuestras experiencias de Emaús tal y como hicieron estos dos discípulos. Todos estamos en camino y todos experimentamos cansancio, desilusión y desesperanza. Quizá, en más de una ocasión, simplemente compartiendo nuestra experiencia y ayudando al que está cansado y a punto de abandonar, podemos ser el caminante desconocido que ilusione de nuevo el corazón de un hombre o de una mujer. Eso es ser misionero.

Hermanos, en esta palabra encontramos a nuestro Señor resucitado. Él nos ha dirigido su palabra de vida y ha partido su pan para nosotros. Pidamos para que ojalá sepamos proclamar y compartir unos con otros su Palabra, que Él haga arder nuestros corazones con esperanza y que sepamos ser su Pan que alimente a todos los que nos rodean. Y en estos tiempos, repetir siempre: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Porque yo digo al Señor: Tú eres mi Dios.”

Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.