Somos los sarmientos

Reflexión en Español de Evangelio del Domingo 2 de Mayo

Monseñor Gregory Parkes

 

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos”. – Juan 15, 5

 

Hoy en día, a muchos de nosotros nos preocupa el tema de la energía. Los científicos e ingenieros trabajan constantemente para encontrar fuentes de energía más limpias y eficientes. Vemos que los precios de la gasolina aumentan y por eso puede que consideremos comprar un automóvil que nos dé un mejor rendimiento de gasolina o que sea híbrido. Lo mismo ocurre con los acondicionadores de aire y muchos enseres eléctricos. Con el tiempo se vuelven menos eficientes y su funcionamiento es más costoso, por lo que uno se plantea si debemos sustituirlos. ¿Qué relación tiene esta charla sobre la energía con el Evangelio de san Juan de esta semana donde Jesús dice: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos”?

 

Jesús explica que somos parte de él utilizando la imagen de una vid, unos sarmientos y un viticultor. Una vid debe tener sarmientos para crecer y prosperar. Nosotros somos los sarmientos. No podemos alcanzar nuestro mejor potencial sin que Jesús, la vid, nos ayude a crecer. La vid necesita mucha luz solar, agua y buena tierra para crecer; pero si hay ramas que absorben la energía del resto de la planta, entonces el viticultor las corta y las destruye.

 

Para crecer espiritualmente necesitamos oración, estudio y acción. Debemos ofrecer a Dios nuestra alabanza y oración, y abrirle nuestro corazón y nuestra mente. Estudiamos las Escrituras para crecer en sabiduría y entendimiento. Ponemos nuestra fe en acción al ayudar a nuestros vecinos y a la comunidad. Al hacer eso producimos buenos frutos para el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Si nos quedamos cortos en esas acciones no producimos los frutos que Dios quiere de nosotros. Nos volvemos inútiles e impedimos que la planta crezca y florezca. Podemos sufrir espiritual y emocionalmente, y hasta podríamos arrastrar a otras personas con nosotros. Tenemos que esforzarnos por crecer y hacer lo mejor que podamos para el bien del Reino, de nuestra comunidad y de nosotros mismos.

 

Nuestra energía proviene del Espíritu Santo que obra en nosotros. Debemos perseverar en el estudio, la oración y la acción, para vivir valientemente el Evangelio en casa, en el trabajo y en nuestra comunidad.