Reflexión en Español de Evangelio del Domingo 17 de Mayo | Monseñor Gregory Parkes

Todos hemos pasado por la experiencia de separarnos de nuestros seres amados en algún momento de nuestra vida.

¿Recuerdas cuando eras niño y tus padres te dejaron con la niñera o con un vecino si tuvieron que viajar fuera por unos días? Muchos de nosotros probablemente hallamos llorado o hasta montamos un berrinche.

Estábamos devastados porque nuestros padres nos dejaran. ¿Cómo pudieron hacer eso? ¿Regresarán? Ellos trataban de decirnos palabras consoladoras que pudiéramos entender, pero como niño al fin esas palabras eran de poco alivio y a menudo difíciles de comprender.  

El Evangelio de este domingo es del capítulo 14 de san Juan. Jesús comparte la cena pascual con sus discípulos en lo que se ha llegado a conocer como la Última Cena y las instrucciones que les da, antes su pasión y muerte, las llamamos su Discurso de Despedida. Es probable que ellos no entendieran todo lo que les estaba diciendo, pero así y todo lo escuchaban con mucha atención.

Ellos estaban tristes de pensar que Jesús los dejaba, pero él trató de consolarlos asegurándoles que les enviaría otro defensor, el Espíritu, quien permanecería con ellos para siempre. Les habló como un padre les habla a sus hijos, y por eso les brindó ternura y tranquilidad.

El Espíritu Santo es nuestra guía a través de la vida y correctamente le llamamos consolador, defensor y paracleto. La vida puede ser difícil: presiones en el trabajo, en la escuela, en nuestras relaciones, así como la salud pueden tener un grave efecto en nuestra vida.

Jesús nos pide recurrir a la oración en cualquier circunstancia. Sabía que su tiempo físico en la tierra sería corto, por eso envió el Espíritu Santo, no sólo a sus discípulos, sino también a nosotros por igual, para quedarse entre nosotros y guiarnos en todo momento. El Espíritu Santo nos da muchos dones: sabiduría, cuando necesitamos guía; entendimiento, cuando buscamos la verdad; consejo, para defender la verdad cuando sea necesario; fortaleza en tiempos de debilidad; conocimiento para conocer la fe; piedad si nuestra fe flaqueara; y un temor reverencial al Señor, para que no pongamos nuestra esperanza más que en Dios.

Haz uso de estos dones y ora para que el Espíritu Santo esté siempre contigo en cada aspecto de tu vida.