Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Reflexión en Español de Evangelio del Domingo 6 de Junio

Monseñor Gregory Parkes

 

Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen: esto es mi cuerpo». Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos».
– Marcos 14, 22-24

 

La Pascua es una fiesta muy importante en la vida del pueblo judío. Lo vemos en el Éxodo cuando Moisés instruyó al pueblo para que sacrificara un cordero y marcaran la puerta con la sangre del cordero, para que se libraran de la ira que iba a caer sobre ellos como escarmiento. Durante generaciones los judíos han conmemorado este acontecimiento con la fiesta de la Pascua.

Leemos en el Evangelio de Marcos de este fin de semana que Jesús, siendo un judío devoto, pidió a sus discípulos que prepararan la celebración de esta fiesta. Pero como ya sabemos, Jesús aprovecharía esta ocasión para establecer algo nuevo: instituir la Eucaristía. Él es el cordero sacrificado. Y es a través de su cuerpo y su sangre que las personas serían salvadas.

Es un misterio de fe que proclamamos en cada celebración eucarística. Participamos de este gran misterio cada vez que comulgamos en la Misa. Los sencillos elementos cotidianos del pan y el vino se convierten realmente en el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo mediante la consagración en la que el sacerdote actúa In persona Christi, es decir, “en la persona de Cristo”. ¿Cómo es esto posible – recibir el cuerpo y la sangre de Cristo? Se requiere tener fe en lo que Jesús dijo a sus discípulos y a nosotros. Después de la consagración, proclamamos el misterio de la fe que es el misterio Pascual. Una de las aclamaciones es: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”.

Deja que el Señor se te haga realmente presente en la Eucaristía cada vez que vengas a Misa y recuerda las palabras que pronunciamos antes de recibirlo: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.